Iba un ómnibus, nuevo y de color azul cielo, por la carretera que unía una cuidad de los suburbios con otra muy grande: Los Ángeles. El ómnibus estaba casi lleno, sólo dos de sus asientos aun estaban libres. El chofer, un hombre de rostro delgado, pálido y muy serio, con la vista fija en la carretera, no prestaba atención a la amena conversación de sus pasajeros ni al jolgorio de los de más atrás, y sin apuro, conducía el vehiculo a mediana velocidad. De pronto, al voltear por un recodo, vio no muy lejos un tumulto de carros y gente en el camino. Él, inmediatamente, se puso en guardia y comenzó a disminuir la velocidad. Sí, había ocurrido un accidente. Cuando estuvieron muy cerca del fatídico lugar escucharon los lamentos de la gente, y todos en el ómnibus, muy curiosos, prestaron oídos y miraron por las ventanas. “Pobres criaturas…” “Fue por proteger a su mascota…” “Juro que no pude hacer nada, se metieron a la carretera de improviso, yo frené pero no pude evitarlo…” Fue lo que oyeron, porque carros y gente ocultaban a las victimas. El chofer del ómnibus, conduciendo muy despacio, hizo un giro muy lento para evitar el tumulto a la vez que satisfacía la morbosa curiosidad de sus pasajeros, avanzó unos metros más y se apeó al borde de la carretera, luego presionó un botón ubicado en el tablero de control, entre el encendedor y la radio, y la puerta hidráulica del ómnibus se abrió. Allí, parado al lado de la carretera y frente a la puerta abierta había un niño sonriendo, llevando en sus brazos a un perrito “Chiguagua”. El niño subió y se sentó en el asiento libre, poniendo a su lado a su querida e inquieta mascota. “¡Estamos completos!” Anunció el chofer del ómnibus color azul cielo cerrando la puerta y, aumentando la velocidad, se perdió en la larga carretera camino a Los Ángeles. Copyrights, Michaelangelo Barnez, 2008
EL ÓMNIBUS
| 17, nov

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