Soy ciudadano originario de la República Bananera. Ubicado en el patio trasero del Imperialismo, o mejor dicho: en el trasero del mismo. Al éste de la injusticia, al oeste de la miseria y en el mismísimo centro de la corrupción, entre los polos Norte y Sur de este lotizado y repartido mundo global.

Aquí, en este hermoso país, al que defendería hasta con la vida de mi gato, vivo en un lindo vecindario de clase media alta, en donde la mayoría de mis vecinos son honestos médicos, abogados, ingenieros y también algunos ladrones; a no ser que además por allí haya un burócrata corrupto infiltrado, de mísero salario, que sólo de esa manera pudo comprar terreno y construir casa en este exclusivo lugar, y así vivir con los que, dice él, de su misma clase. Y quizás tenga razón.

“¿Y, profesores viven allí?” me pregunta alguien de un grupo, con cara de simular inocencia.

“¡No jodas pe, estoy hablando en serio!” Le contesto, ya que adivino sus intenciones de hacer justamente eso, joder.

Pero lo paradójico de todo esto es que ninguno de mis vecinos reconoce que existan clases sociales. Y menos que existan ricos y pobres sino hombres muy inteligentes y trabajadores, como ellos, y los brutos y ociosos, como los de los otros barrios. Con los que no confraterniza, sólo en la relación Empleado-Patrón.

Como serán de inteligentes y optimistas mis vecinos que creen que todos tenemos Calefacción, Aire acondicionado, Cable TV, Teléfono e Internet y que vivimos en el paraíso. Y el que no, es porque no quiere, y justifica que están en su derecho; para eso vivimos el libertad y democracia, la que renovamos cada ciertos años. ¿Y el agua, gas y luz eléctrica?

“¡Por dios, eso fue desde antes que viniera Cristo!” creen los benditos.

Pero no todo es desacierto, de todas maneras tienen algún tino, y si no ¿Cómo hicieron su dinero? Por ejemplo, todos construyeron casa, en la ciudad y la playa, y garaje grande en ellas para parquear los autos del señor, la señora y el niño. Sí, el niño que ya fuma, bebe, tiene carro, licencia de conducir y ha embarazado a la empleada.

No cómo los vecinos de mi barrio anterior, de clase media a secas, que se matan trabajando y sí creen en las clases sociales, con la particularidad de no pertenecer a ninguna. Pero, ya llegará el día de su suerte en que la cosa cambie, se contagien de amnesia y pasen a vivir con los que no creen que las clases existan. Claro que no quieren esperar mucho, por lo pronto la mayoría de sus casas tienen garaje aunque sin carro para estacionar. ¿Y el niño de la casa? Estudia en escuela privada para no mezclarse con la chusma del colegio estatal; aunque no tiene reparo en besar a la hermosa hija de la empleada del hogar y negarle el saludo cuando está con sus amigos.

“Estudia hijo y hazte profesional. ¿Ya ves lo que hizo el hijo del vecino? Se hizo ingeniero, se fue a los Estados unidos y ahora vive aquí con los ricos”. Le escuché decir a mi antiguo vecino a su “niño” vago de 22 años cuando lo fui a visitar.

“Mi mamá dice que no cree en Dios y es comunista!!!” le respondió llorando el malcriado, tirando la puerta al salir a la calle, para ir a jugar billar.

Mis vecinos son muy educados y corteses, por lo general me invitan a sus fiestas, a las que no suelo ir por sentirme como bicho raro, aunque ellos me malinterpretan y me crean gringo y soberbio, aunque ellos si lo son para los del otro barrio.

Vivir tanto tiempo fuera de la patria lo convierte a uno en desarraigado y sin amigos. ¿Que puedo hacer? Sí, a decir verdad creo que yo soy el problema.

Y desde hace mucho tiempo, porque desde que tuve uso de razón admiro a Fidel y al Che Guevara. Y hoy a Obama, Chávez, Morales y Lula.

“¡Ajá!… ¡Eres un maldito comunista!” me dice el mismo sonso de hace un rato como lanzándome una piedra a la cara.

Mmm… No lo creo, porque honestamente me conozco mejor que nadie y sé que nunca he sido tan bueno. Pero creo en las clases sociales y su pleito inacabable como motor de la historia.

“¡Entonces eres Marxista!” insistirán otros frunciendo las cejas.

Claro, ¿También soy Newtoniano porque creo en la Ley de la Gravedad? O ¿Darwiniano por creer en la Evolución de las Especies? O ¿Eisteniano por la Teoría de la Relatividad?... ¿y así hasta el infinito, por algo tan natural?

“¡Pero no crees en Dios!” insisten los mismos, no sé si por joder o a manera de decirme el peor de los insultos.

“¡Creo en Dios tanto como lo cree el Papa!” les contesto de todo corazón y sin dudar.

Y se calman, yéndose tranquilos de que mi pensamiento tenga temor y dueño, justo cuando empiezo a reírme a carcajadas con la purísima verdad que les dije.

Pero no me malinterpreten, a veces yo mismo me pregunto: “¿Existirán las Clases sociales?” y me quedo pensativo, sentado en mi silla reclinable y bajo la sombrilla, al lado de la piscina de mi humilde casa de playa bebiéndome un peruanisimo Pisco sour que el barman me trajo, admirando el hermoso atardecer en la playa de Asia, y con mi laptop en mis rodillas, terminando de escribir el fastidioso tema: “¿Existirán las Clase Sociales?”.

“Hey Julio… -le digo al barman-… Tómate un pisco sour”.

Es muy probable que lo haga, pero no osa sentarse a mi lado ni brindarme su amistad.

“Gracias señor”. Me responde respetuosamente julio quien vive muy cerca, cruzando la carretera de nuestra división social, en un barrio que no reúne las mínimas condiciones para la vida humana.

“¡Eres un comunista de mierda!” me grita, ya Uds. saben quién.

No, sólo recuerdo que hace treinta años, al terminar de excavar una zanja, a mano, pico y pala, para construir una casa en california mi patrón me dijo: “Tenemos una barbacoa mañana en casa, te espero a ti y tu familia.” Y cinco años después me gradué, saqué licencia de constructor y fuimos socios de la misma empresa. Cinco años después establecí la mía. Y veinte años más tarde quebré… Y hoy plácidamente retirado, escribo cuentos.